Departamento de Transplantes
viernes, 11 de mayo de 2012
isla
lunes, 26 de marzo de 2012
Pornogámia.
Parecía que esperaron mucho tiempo para estar juntos, pudo notarlo por la humedad precoz de sus calzones. Ella parecía recordar aquellos días cuando la tomaba de la cintura, tan seguro que la embriagaba de una sensación muy parecida al mareo, pero esta vez es diferente, no había culpa alguna en el ambiente, ningún remordimiento iba a impedir que él se abalanzara con la furia contenida en sus pantalones.
Mordisqueó sus labios tanto que había un sabor ligero a sangre, lo cuál lo encendió casi a punto del desmayo. Ella se emocionó cuando sintió aquel soldado impaciente, le acarició y apretó durante largo rato hasta que él tomó la iniciativa de desabotonarle el vestido. Contempló un momento aquellos monumentos que se desbordaban mientras la mano furtiva los escondía bajo sus dedos. La piel ardía.
Él se abrió camino hasta el magnífico templo de venus que palpitaba y goteaba por su barbilla. Ella jala su pelo como si quisiera que entrara en ella y se fundieran aparatosamente. Piernas apuntando al cielo, voz saturada y corazón galopando. Una escena que sólo podría compararse con una blasfemia.
Ella se volteó y ofreció coqueta sus nalgas renacentistas a los ojos del cazador que serpenteando le besó la espalda mientras con la mano hurgaba en aquella profundidad, acariciándole y jugando a descubrir. El explorador se colocó detrás de ella y susurrándole no sé que salvajadas al oído humedecido por el aliento, se adueñó de su humanidad. La carne se enrojeció como manzana y entre jalones e impaciencia él no dejaba nunca de mirarla y decirle lo bella que era.
El tiempo los había curtido y ocultó todo rastro de timidez. Ella sabía lo que hacía y su boca era un rio en el cuál todo vive y muere a su voluntad. Tomaban riesgos morales y sonrojarían a cualquier sodomita. La lengua les sirvió para más que balbucear. Sacaban fuerzas de Dios sabe dónde y seguro se les escuchó hasta Mexicali.
Al final, apenas si podían hablar, estaban derretidos drogados de sudor y un extraño enamoramiento nacido de un orgasmo fulminante. De pronto no pudieron hacer otra cosa que carcajearse y continuar besándose durante una hora más hasta que inesperadamente desperté.
jueves, 8 de marzo de 2012
Far from me
Tú y el adolorido hablar. Nuestro incansable mencionar y renombrar de sucesos que con el tiempo se vuelve sólo imaginarios. Ojalá no vuelva jamás a saber de tu llanto, ni el de ninguna otra sirena o bestia. Tú y el adormecido brazo, cargando polvo y murmullos mal escritos, acumulados. Ropa interior y trastes empolvados. ¿Alguna vez comimos algo más que uñas?, algo más que excusas y proyecciones vergonzosas. Tú y la noche pegajosa, en un cuartucho. Sobras quietas como disimulando, pero con los ojos pelados, que tampoco se ven porque son negras, negras. ¿Qué hay de mi?, pero no hablemos de cosas que se secaron, mejor sigamos… Tú y las comidas en la habitación, propina no incluida; botellitas para envalentonarse. Tú y el vestido en pleno vuelo, yo desde abajo, acostado, fascinado. También un poco desfasado por culpa de una comezón sorpresiva a medio texto.
Tu piel es más suave después de gritar, porque cuando gritas, gritas con todo tu cuerpo. Parece sacudirse, mudar de piel y humor. Mudarlo todo, incluso las huellas delatoras. Por eso gritas, por eso me gritas. Tú y los gritos despotricados, la bulla y las risotadas.
Aquella noche no me dejaste cantarte, tampoco recordabas mi apellido, no me ofende. Me alegra que llegáramos hasta este momento, no sé si decisivo. Incisivo. ¿De qué hablaba?... ah sí, de tú y mi corazón enlodado.
http://youtu.be/brFB5yjda58
lunes, 27 de febrero de 2012
El Diablo
Qué ganas de renegar de ti, como de una mala comida, pero ésta hambre no se quita. Qué ganas de extirparme ese pedazo de alma si es que tengo algo de eso. Qué afán de no soportarme pero cargarte sobre mi pelo como un sombrero exagerado como todo aquello que te veo. Renegar de ti con todo y opereta de vergüenza y besos enojados. Te quiero tanto que apena a la razón, la ahuyenta y la vuelve bohemia. Sí, es posible, mírame. Qué dolor de estómago y de labios, cuánta barbaridad tu ausencia que me hace ponerle nombre a cada lagaña.
Y entonces se van esas ganas y llegan otras. Cambio de turno, no de corazón, no de falda ni ojos enormes. Cambia la marea y el ángulo de la lluvia, no tu sonrisa demoniaca.
Qué ganas de renegar de ti y de morirme entre tu carne revuelta como poema. Qué ganas de sacudirme y empaparte, empalmarte. El segundo revienta y la vesícula, y tu boca en mi boca, tus dientes chocando con los míos, sacando chispas. Puro fuego- Saliva como gasolina.
Qué ganas de almorzarnos y gritarnos en público. Tus ganas de mis ganas y desordenar cualquier mesa sólo para subrayar el infierno de lo nuestro.
miércoles, 8 de febrero de 2012
quemaduras.
Y si quieres yo estoy ahí, si quieres me robo el fuego y digo que yo lo inventé.
A veces creo que me hundo y hago un alboroto. Te llamo a gritos y no dices nada, sólo me plantas un besillo salado. Le pongo nombre a tus pestañas y les hablo mal de ti. Perdón por quedarme más tiempo con tu toque, con tus discos y la lista ridícula que me dejaste de no sé que cosas en contra mía.
Esta no es tu historia, esta tampoco es tuya. Ni aquella.
Pobrecito él, se esfuerza mucho y sólo consigue que pienses más en mí. Inflo el pecho y te miro severo. Se me sale un pedo mientras te juro algún poema robado.
Todos tenemos secretos pero tú sólo escondes rumores ajenos.
Nadie te conoce. El otro día te pedí, exigí, en una cafetería. Lo raro es que el mesero sabía exactamente de qué hablaba.
Tu voz es como un tronido de dedos, un chasquido extraterrestre. A mi me sale ronronear muy bien, te lo presumo. Provócame y verás.
"Tu voz quema, quemadura, que madura, quema y dura". Tremendo zafarrancho y tremendo tu vestido, tus calzones y mis malas intenciones. Tu voz quema, desaparece lo bueno y me aflora una flor, desde el pecho. Desde el techo, pasando por toda tú, por cada lugar sin pedir permiso sólo tomo aire, bien hondo, muy hondo, y sopas. Ahí estoy atascándome de ti, más que llenándome, más que metiéndote en mi boca, poco a poco como anaconda.
En algún momento aprendiste a amarme, porque no me dejaste ir, sólo hacías como que te ibas y dejabas poco más de media botella sobre mi mesa. Y yo ahí sentado haciendo como que no te veo salir exagerada y divina, cínica y hermosa.
Es por eso que no salgo los martes.